KILOMETRO CERO | Benito Urraburu
El comienzo de una carrera como la Vuelta al País Vasco siempre genera incertidumbre. La historia de la prueba habla por sí sola. En muy pocas ocasiones ha habido un favorito claro que haya cumplido con lo que se esperaba de él.
Hay razones muy poderosas que impiden saber cuándo un ciclista se va a entregar para poder ganar y hasta dónde es capaz de sacrificarse para conseguirlo. Ganar sin que se produzca un gran desgaste físico es algo que firmarían todos los participantes.
Vencer teniendo que dejar muchas plumas en la carretera es algo a lo que están dispuestos bastantes menos. Queda otro grupo, más reducido, el de los que sin ser los grandes protagonistas, sin tener un gran nombre, se han preparado a conciencia para poder dar la sorpresa.
Entre esos nombres podrían entrar los de Juan José Cobo, el último ganador, que no se veía en condiciones de hacer frente a lo que se esperaba de un ganador de la prueba en esta ocasión, José Ángel Gómez Marchante, Aitor Osa o Raimundas Rumsas por no remontarnos mucho en el tiempo. También hay otros casos, como el de Andreas Klöden, que ganó en 2000 la Vuelta al País Vasco y la París-Niza y luego se estancó, para resurgir años después. Está Denis Menchov, el vencedor de la Vuelta a España, o Danilo Di Luca, el ganador del Giro.
Alberto Contador y Cadel Evans no necesitan ninguna credencial para que se les coloque como favoritos. Su palmarés habla por ellos. Lo suyo será un choque de trenes. El ciclismo ha cambiado, es cierto, pero lo que no ha sufrido ninguna variación es el hambre de triunfos, el cosquilleo del maillot amarillo, la lucha por hacerse un hueco importante en un deporte apasionante, dirigido por ineptos.
Es una frase manida, pero real, viva, vigente. Hay que seguir haciendo kilómetros encima de la bicicleta, hay que soportar el ritmo del pelotón, hay que aguantar, frío, agua, nieve o calor. Esas esencias no se han perdido. Son valores que permanecen, al menos para muchos de los que seguimos pensando que los ciclistas no son peores, ni mejores que otros deportistas. Lo que si son es más débiles, como colectivo, como grupo. El ciclismo sigue, al menos por ahora, cuestión de dar pedales.