Hubo más gente que nunca, lució el sol, se cumplió el horario previsto y 4.666 tamborreros fueron protagonistas de las calles
y de la fiesta.
Ana Vozmediano | DV. San Sebastián
Pasaban diez minutos de la una del mediodía cuando los últimos niños, los del colegio San José, salían de Alderdi Eder. Hacía ya un rato que los chavales que acompañan a los caballitos de Igeldo habían llegado al Boulevard, más o menos en el mismo momento en el que que las acaloradas huestes de Amara Berri dejaban su puesto en la colorida terraza de Alderdi Eder para iniciar su desfile. A las 12 habían partido los chavales de Euskal Billera. Pasadas las 14.30 los niños del San José, que habían escudado con garbo a su Bella Easo y a la carroza, llegaban al colegio donde sus padres les esperaban.
El horario fue el acostumbrado en días de buen tiempo, más lento que si chispea o si la amenaza de la suspensión planea sobre los solemnes gorros de los niños. Y, desde el balcón, después de comer unas cuantas galletas y, sobre todo, de beber mucha agua, los 4.666 niños esperaban el mensaje de la Bella Easo, Rosangela Andrea Lancho, y del General, Luis Adrián Morejón.
«Este es un día especial para todos los donostiarras, para los de nacimiento y para los de corazón. Vamos a hacer que todos los tambores y barriles redoblen muy fuerte y los puedan oir así en todos los lugares del mundo». Las palabras de la Bella Easo se oían con rotundidad entre las filas de unos niños que no dudaban en hacer caso a su compañera. Ni en contestar el saludo del General. «Egunon, lagunak», bramaba el feliz chaval desde el micrófono del balcón central del Salón de Recepciones, ayer dedicado en exclusiva a los niños.
A todos ellos, aunque sólo los cargos los representaran en la Casa Consistorial. Porque entre un grupo tan numeroso, casi 5.000 chavales dan para mucho, aparecía el gastador que sueña con ser barril, el barril que sabe que es su último año, la tambor que quería ser cantinera, la cantinera que mira con una cierta envidia a la abanderada o ésta, que estuvo a punto de no salir este año porque se cree mayor para desfilar con los más pequeños. Los de la zona baja de Alderdi Eder sabiéndose los primeros del desfile, «a los que más sacan las teles». Los de la terraza protegidos esta vez con cintas para evitar que se acercaran al pretil, impacientes. «¿Han salido ya los del Mary Ward?». «¡Yo qué sé! Todavía queda un rato»...
«No os quitéis los gorros», advertía alguna preparadora, mientras repartía bollos entre los chavales. Un Gora Donostia del General permitía que, por primera y única, además, en todo el desfile, se interpretara la Marcha de San Sebastián. «No sé para qué la ensayamos tanto», se quejaba un chavalillo en una plaza de Gipuzkoa convertida en un hervidero de padres, abuelos y tamborreros.
La Tamborrada Infantil volvió a ser espectáculo y color, carne de tópico en pleno marco incomparable, obsesión de videos y cámaras digitales, apretones, sillas en la calle Hernani y el encuentro con un conocido con el consabido «y el tuyo... ¿dónde sale?». Volvió a despertar emociones aderezadas con cansancio y a congregar a los donostiarras más pequeños, que saben que, de momento, sólo tienen opción a gorro de cocinero y tambor de plástico.

Los txikis fueron los reyes de las calles. /J.M. López.
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