Celebrar Santo Tomás en domingo y con un día espléndido hizo que todas las previsiones se quedaran cortas.
El cielo se abrió horas antes de comenzar el invierno. Semanas y semanas de lluvia se detuvieron la víspera y el día de Santo Tomas amaneció despejado, fresco, radiante. Era domingo además. Gran fiesta. Vecinos y foráneos se olvidaron de la crisis, de la económica y de la de la Real, y se apoderaron de las calles ávidos de txistorra, de pasarlo bien en los preludios de la Navidad.
Desde primera hora de la mañana las paradas de autobús registraban colas, algo inusual en una jornada dominical. Los 7º C de temperatura que marcaban los termómetros de la ciudad eran engañosos. Sin lluvia, sin esa txapela gris que nos ha acompañado el último mes y medio, todo se veía de forma diferente. Ya se nos había olvidado lo que era el sol y éste apareció en el mejor momento.
Las primeras horas de la feria fueron las mejores para curiosear por los puestos, ya que a partir del mediodía se hacía difícil, casi imposible, abrirse camino por determinadas calles. Xabier Iturrioz mostraba en la calle Elkano sus artesanales zapatos de cuero que parecían guantes para los pies. Pero es que era difícil no encontrar algo interesante en un rincón o en otro. Quesos de todo Euskal Herria, todo tipo de dulces, mieles, las tradicionales rosquillas, garrapiñadas, pastas, embutidos, conservas, licores, flores, esos maravillosos panes de pueblo, turrones y chocolates. Había puestos de artesanía por doquier, pero también de jabones, bisutería, vidrio, ropa...
Las sartenes bulleron durante toda la jornada. A las 11 de la mañana ya costa tela marinera entrar en la plaza de la Constitución, donde Korkona yacía en su corralito rendida a los 315 kilos que portaba encima. Niños y mayores alucinaban al toparse con el animal: «Vaya pedazo de cerda», le salió a una joven de Andoain. «Pero si parece una serpiente...», decía con ironía un chico en alusión a la longitud de la ‘reina’ de Santo Tomás. Los niños se agolpaban en el vallado que protegía a Korkona y tiraban fotos sin parar. Cuando la cerda se levantaba para beber agua, la expectación por ver cómo se movían sus tocinos era propia de la llegada de Paris Hilton: los flases se multiplicaban desde el exterior del cuadrilátero.
La figura de los padres con los niños a sus hombros fue una estampa recurrente, no sólo para evitar la muchedumbre a los pequeños sino para que éstos pudieran verlo todo desde el mejor ‘palco’. Era, desde luego, la mejor opción en el Boulevard, donde burritos, ovejas, pottokas y vacas limusin hacían las delicias de todo el que se acercaba.
La plaza de la Constitución se podía dividir en tres tipos: cuadrillas comiendo txistorra y bebiendo sidra; pequeñajos señalando con el dedo el globo que querían, y mayores haciendo el mismo gesto con las manzanas ‘Junbo’ de Maddi Iradi. Bueno, también se podía observar un cuarto fenotipo: las cuadrillas de txikiteros que, al margen de San Tomás, pasaban olímpicamente de los pintxos de txistorra para centrarse en el tinto matutino. El bar Ambrosio, por ejemplo, era uno de los escenarios de este rutinario poteo, ayer rodeado de sartenes, aceite hirviendo y caseras haciendo talos en los soportales de la plaza.
A las 13 horas todas las calles que llegaban o salían del Boulevard estaban a reventar. Una riada humana se movió hacia la plaza de Gipuzkoa conforme se acercaba el momento de conocer el ganador del concurso de txistorra. Las calles Idiáquez, Elcano, Bengoetxea, Garibay, Aldamar, Hernani parecían una manifestación. Franceses, guipuzcoanos, navarros, pero sobre todo donostiarras de toda condición, disfrutaron al máximo de una espléndida jornada festiva. La tormentosa asamblea de la Real surgía en todas las conversaciones, pero ayer era día de fiesta. !Y vaya si la disfrutamos¡
Con lo visto ayer se puede decir que Santo Tomás ha asentado definitivamente la tradición de salir a la calle debidamente vestido para la ocasión. La costumbre de vestirse de caseros y caseras pareció languidecer hace unos años, pero se ha ido recuperando claramente. La gente le ha cogido el gusto y son familias enteras las que lucen las vestimentas –algunas, en formato elegante– propias de los baserritarras. Ellas con pañuelo, y ellos con boina, ambos con abarcas en los pies.
Lo que hace unos años fue un atuendo que sólo se ponía la gente joven, las cuadrillas, hoy se puede decir que se ha extendido ¿para quedarse definitivamente?
Padres e hijos convertidos en caseros poblaban las paradas de los autobuses formando interminables colas. Fue la propia Donostibus la que emitió un comunicado la víspera instando a los donostiarras a utilizar el transporte público el día de Santo Tomás. Pero los vehículos que hicieron los servicios fueron claramente insuficientes. No se sabe si por un aumento de viajeros superior al previsto o por ser domingo –un día con menos frecuencias–, pero el hecho es que los buses pasaban llenos y dejaban a la gente en las marquesinas. No es comprensible que en una hora punta (13-14 h) circularan con menos frecuencias que en una jornada laborable.