
Eric Clapton, Bruce Springsteen, Brian Wilson, Serge Gainsbourg y los Ramones son algunos de los protagonistas de una edad dorada de la literatura rock que se traduce en un imparable aluvión de novedades.
«Hay muchas razones para celebrar con 'Blancas bicicletas' la llegada de una nueva crítica musical. Una crítica hecha de investigación vivida, descripción profunda y gracia literaria a la que no es ajena una amplia generación de escritores y músicos que propician el advenimiento de una nueva era para el pop, la era de la conversación». La cita, arrancada del prólogo que el director de Nuevos Medios, Mario Pacheco, elaboró para 'Blancas bicicletas'. Creando música en los sesenta, memorias encubiertas del productor Joe Boyd, confirma que lo único mejor que la música es hablar de música. Una tendencia al alza que se traduce en un imparable tsunami de biografías, autobiografías y demás traducciones sonoras que diseccionan la historia del pop y el rock.
Con una tradición que, por lo menos en España, se remonta a los primeros pasos de Celeste y La Máscara, ha sido durante los últimos años cuando se ha disparado no sólo el número de títulos sino también la calidad de los mismos. Cada vez más, la literatura rock está dejando de ser un género residual para asaltar las librerías sin complejos de inferioridad. Un buen ejemplo es Bendita locura, magistral biografía de Brian Wilson que, publicada a principios de siglo por José Ángel González Balsa, recorre los claroscuros del líder de los Beach Boys y retrata el auge y caída de la banda californiana con un relato sobrecogedor.
¿Más? Ahí están los rupestres Diarios de Kurt Cobain, la serie de cómics que la discográfica Discmedi está dedicando a artistas como Pete Seeger, Tete Montoliu, Chet Baker y Vinicius de Moraes y, rizando el rizo, dos títulos de producción propia, Loops. Una historia de la música electrónica y Teen Spirit. De viaje por el pop independiente, impensables hace una década. Y eso por no hablar de los continuos trasvases entre música y literatura que han protagonizado desde Bob Dylan a Mark Everet (Eels) pasando por Nacho Vegas o Joan Miquel Oliver.
Tras esta suerte de edad dorada de la música escrita se esconden Global Rythm, Lenoir y Milenio, tres de los sellos editoriales que con mayor dedicación se han empeñado en contradecir la famosa máxima popularizada por Frank Zappa -«escribir de música es como bailar de arquitectura»- con catálogos cada vez más completos y especializados. En los últimos meses, por ejemplo, se han editado jugosos volúmenes dedicados a Bob Dylan -el monumental Letras 1962-2001-, Tom Waits, Jimi Hendrix, Leonard Cohen, The Kinks, La Banda Trapera del Río, Yarbirds, las aventuras latinoamericanas de The Rolling Stones, las giras norteamericanos de The Beatles, la psicodelia americana, la música surf... El campo de la autobiografía vive también un momento álgido con reveladores tomos firmados por James Brown I Feel Good, Ray Charles -Brother Ray-, John Lydon (Sex Pistols) Rotten: No Irish, No Blacks, No Dogs o Eric Clapton, cuya reciente autobiografía es un crudo y detallado inventario de traumas, adicciones, complejos de culpa y momentos de gloria firmados junto a Cream y The Yarbirds.
Sintomático es también que el mercado empiece a expandirse más allá del género memorialístico y, además de excentricidades como ese Sound Bites, en el que el líder de Franz Ferdinand, Alex Kapranos, recopila artículos gastronómicos, acoja ensayos como Esto no es música. Introducción al malestar de la cultura de masas, de José Luis Pardo; o Frank Zappa en el infierno, revisión en clave política del músico norteamericano firmada por Manuel de la Fuente. También hay títulos que, como el reciente Los Beatles Made In Spain, van más allá del hecho estrictamente musical para pasar revista al contexto sociocultural de la época. Incluso grandes editoriales como RBA y Mondadori han visto el filón y se han volcado a la hora de dedicar volúmenes a U2 -U2 por U2-, Springsteen -Bruce Springsteen On Tour- y Gainsbourg -La biografía--.
La maquinaria no se detiene y, para los próximos meses, ya se se preparan títulos como la autobiografía de Woody Guthrie, un nuevo cancionero de Leonard Cohen, volúmenes dedicados a Frank Sinatra, John Coltrane, Nat King Cole, The Who, Ramones, y Elvis Presley y una recopilación de algunas de las entrevista de Bob Dylan.
Cada vez lo tienen más crudo (más aún con internet) los biógrafos rockanroleros. Pero como se aprecia en estas páginas, afortunadamente no desisten. Y tampoco los de Springsteen, que constituyen un género en sí mismos. Poco o casi nada se puede aportar sobre la vida y obra del coloso de Nueva Jersey que no se sepan de carrerilla los ultraspringstinianos de todo el mundo. Pero hay quien lo intenta y, además, atina. Como June Skinner Sawyers, autora de Bruce Springsteen. Más duro que los demás. El Boss a través de sus 100 mejores canciones (Ed. RobinBook).
Como no cabe andarse con objetividades (más en el caso de Bruce, tipo al que se ama o se odia apasionadamente) June ha tirado por la calle de enmedio y ha hecho de la subjetividad su faro y así ha escogido ese centenar de canciones del subtítulo, cien piezas entre las que algunos echarán de menos sus prefes, pero como en el caso del seleccionador español de fútbol, con Bruce cada fan tendrá su propia lista.
Una vez realizada la selección, Skinner procede al destripamiento de cada pieza, y da buena cuenta de sus orígenes, peculiaridades de la grabación, el mayor o menor cariño que siente el toro de Freehold por ella, y su encuadre dentro de las afinidades culturales, sociales y musicales del Boss.
Pongamos un ejemplo, a partir de una de las canciones emblemáticas de Springsteen, un canto al combate diario y a la esperanza: The Promised Land. La biógrafa traza el origen de la pieza en la tonadilla casi homónima de Chuck Berry (otra de las pasiones del Jefe, evidentemente), Promised Land. A continuación, enmarca la canción dentro de la tradición bíblica (como en Dylan, las referencias al libro de los libros es habitual en Bruce) de la tierra prometida. Y, tras describir las esencias musicales de la canción, conecta su contenido con los Estados Unidos de hoy, y el apoyo hace cuatro años del Jefe a Kerry. Y así, sucesivamente, con las cien piezas.
Como guinda y trufa de este delicioso pastel springstiniano, la autora del libro ha pergeñado un buen puñado de recuadros en los que resalta diversos aspectos de la vida y obra del hiperrocker de Nueva Jersey: Bruce Springsteen y la guerra, Bruce y los nombres de pila (Sandy, Mary, Kitty, Terry, Wendy...), Bruce y Elvis, Bruce y el country, Bruce y el cine, Bruce y las versiones, Bruce y los currantes... Un Springsteen, al cien por cien.
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