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José Bergamín, intelectual en un siglo turbulento

Alberto Moyano | 28/08/08

La trayectoria vital de José Bergamín ilustra a la perfección la figura del intelectual del convulso siglo XX español.

Iintelectual en un siglo turbulento

La trayectoria vital de José Bergamín ilustra a la perfección la figura del intelectual del convulso siglo XX español. Nacido en Madrid en 1895 en el seno de una familia tradicional y burguesa, Bergamín se introduce en el mundillo literario de la capital a través de la famosa tertulia de Gómez de la Serna en el Café Pombo. Se convierte en uno de los protagonistas del Homenaje a Góngora en Sevilla y Madrid que dará pie a la llamada Generación del 27. Casado en 1928 con Rosario Arniches, funda y dirige en 1933 la revista Cruz y Raya. Durante la Guerra Civil, funda y dirige El mono azul, órgano de la Alianza de Intelectuales Antifascistas para la defensa de la Cultura, de la que es nombrado presidente, y al término de la contienda, se exilia en Latinoamérica.

Vuelve a España en 1958, cinco años después, es expulsado. Tras una estancia en París, retorna en 1970 y, a la muerte de Franco, en 1975, se presenta a las elecciones al Senado por Izquierda Republicana, que obtiene 26.000 votos. En 1982, traslada su residencia a Donostia, primero al Hotel Londres y después, a un piso a orillas del Urumea. Ese mismo año y el siguiente, es procesado por varios artículos de prensa. El 28 de agosto de 1983 fallece en Donostia y es enterrado en Hondarribia. Entre su obra, destacan títulos como La cabeza a pájaros, La estatua de don Tancredo, Fronteras infernales d ela poesía, Rimas y sonetos rezagados, Al volver, Duendecitos y coplas, Peregrino español en América y Apartada orilla.

Jornada de puertas abiertas

El periodista y escritor Xabier Sánchez Erauskin presentará y moderará las dos mesas redondas que, en torno a Bergamín, se celebrarán mañana en el Palacio Miramar, organizadas por los Cursos de Verano de la UPV y los Amigos de Bergamín en Euskadi.La primera, titulada Bergamín, escritor y testigo del siglo y que arrancará a las 16.30 horas, reunirá a la escritora, hispanista, actriz y miembro de la Academia de la Lengua Francesa Florence Délay; el dramaturgo y ensayista Alfonso Sastre, y el escritor y editor José Esteban. Dos horas más tarde, el ex director del diario Egin y directivo del grupo EiTB, José Félix Azurmendi, y Xabier Sánchez Erauskin hablarán sobre Euskadi, última singladura del autoexiliado Bergamín.

Reencuentro con Bergamín

El 25 aniversario de la muerte (28-08-83) en San Sebastián del opaco y genial escritor madrileño, José Bergamín (1895-1983), pone sobre la mesa aspectos del pasado más cercano que tenía algo olvidados, pero que puede que venga bien recalar en ellos ahora que se le homenajea.

El caso es que unas lecturas de textos encuadrados en la corriente de lo que se podría denominar como humanismo vasco -paradójicamente, el primer tercio del siglo XX floreció como pocas veces lo había hecho antes-, redactados mientras duraba el exilio de la Guerra Civil española, me remiten a una idea que no deja de manifestarse de forma invariable: el exilio, hiperónimo que englobaría palabras como desterrado o desterrada, dolor, distancia, alejamiento, incomunicación... siguió de manera fiel el reparto de papeles que llevaba en la maleta de viaje desde España, por lo menos a la hora de desarrollar sus actividades culturales, literarias y de fomento de la crítica y de la reflexión; es decir, el exilio proyectó en otras geografías extrañas la fragmentación político-partidista de la que siempre se ha hecho gala y que, se quiera o no, ha solido traer más hambre que pan.

Con mayor seguridad se puede afirmar que en el éxodo que se produjo entonces, la mayoría de las veces, humanistas republicanos y nacionalistas, embarcados en transmitir al mundo su visión de las cosas, hacen de su capa un sayo. En este sentido, llama la atención la fuente espiritualista y universalista de la que unos y otros bebieron antes de la guerra y, a pesar de ello, las pocas relaciones que se suscitan en esas circunstancias forzosas y fatales. Así, el foco espiritual de la Universidad Católica de Lovaina que proyecta en las primeras décadas del siglo XX su luz sobre París y Europa, de la cual se iluminan muchas de las obras y bastantes de los escritos de nuestros hombres y mujeres de letras y de ciencias expatriados, no consigue, después de todo, ni el acercamiento personal ni la colaboración en el fomento y realización de determinadas tareas culturales, tales como impartir conferencias, crear o renovar instituciones culturales y universitarias, promover editoriales o publicar nuevas revistas de índole ensayístico y literario, lo que por otro lado constituía una estrategia habitual según los intereses particulares de unos u otros.

Si se habla del autor madrileño, tal corriente tomaría forma, entre otros escritos, en esas «páginas de la guerra y del destierro» que son las de su Pensamiento perdido, obra que reúne en 1976 (Ediciones Adra) dos libros de esos años de exilio, Detrás de la cruz y El pozo de la angustia (México, 1941); desde este punto de vista, tampoco desmerecería su producción poética. Lo mismo se puede decir de un humanismo próximo a nosotros que, en base a la tragedia de Gernika de 1937, postula por esas fechas un inequívoco respeto al otro como única solución para encarar el futuro con unas mínimas garantías de continuidad, así como el cuidado y cultivo de la lengua y de otras manifestaciones expresivas y culturales vascas. Hablo en concreto de los trilingües Cuadernos colectivos de cultura humanista que se recopilan comúnmente con el título Gernika (1945,48-1953). Pero, a fin de cuentas, como se viene señalando, frente a estos ejemplos o a otros parecidos, se nos presenta una realidad inalterable y carente en gran medida de contactos presenciales o de relaciones epistolares entre los exiliados de unas u otras tendencias.

Con todo, sin dejar de lado al creador de textos, entre otros, hechos de aforismos como El cohete y la estrella (1923), La cabeza a pájaros (1934) o Aforismos de la cabeza parlante (1983), ensayísticos como Mangas y capirotes (1931), dramáticos como La hija de Dios y La niña guerrillera (ambos de 1945) o poéticos como los de La claridad desierta (1973), Esperando la mano de nieve (1982) u Hora última (1984), sí es cierto que se le puede atribuir una ascendencia humanista vasca a través de la cual vivió ese halo cultural espiritualista con más intensidad que otros que también padecieron el exilio republicano junto a él y que, quizás, sirvió para conservarlo y reflejarlo por medio de sus escritos literarios, en especial, del ensayo y de la poesía e, incluso, en un escenario postrero de su vida, Euskadi, nada ajeno éste -a pesar de lo que pudiera parecer- y siempre cercano a su rica y azarosa biografía.

Probablemente, haya que recordar aquí, en las tres primeras décadas del siglo XX, su infancia, adolescencia y juventud en parajes como Biarritz y Hendaia, por un lado, y Hondarribia y San Sebastián, por otro. Quizás, igual que ocurría con «el elemento vasco en la vida y obra de Cervantes», del que nos hablaba en la década de los cincuenta otro exiliado navarro desde su visión humanista y universalista, Isidoro de Fagoaga (1893-1976), también en este caso haya que retener en la memoria algunos personajes vascos que influyeron en el madrileño o se relacionaron de manera estrecha con él, para llevar a cabo empresas culturales conjuntas de valor incuestionable por ser éstas manifestación certera de la libertad y del desarrollo del pensamiento del ser humano.

De forma mucho más que resumida, evoco en concreto sus paseos en Hendaia con Miguel de Unamuno, su boda con Rosario Arniches, celebrada en Madrid -igual que el bautizo de su hija Teresa- por el entonces religioso, profesor y filósofo donostiarra Xavier Zubiri, y sus amistades y tareas conjuntas con el mismo Zubiri y el amigo de éste, el escritor, pensador y traductor donostiarra Eugenio Ímaz, en la innovadora y prestigiosa publicación de la época, Cruz y Raya (1933-1936). Luego, padeciendo el destierro mexicano con el último y entrañable personaje citado, es innegable su estrecha colaboración en las tareas de organización de la Junta de Cultura Española, en las mismas que conllevaba su órgano oficial, la revista España Peregrina (1940), y en la presencia asidua que demandaban numerosas revistas del exilio. Por lo demás, no es necesario subrayar que San Sebastián y Hondarribia -sus espacios y sus gentes- siempre fueron un referente geográfico y afectivo a lo largo de su dilatada vida. De hecho, al día siguiente de su fallecimiento, su cuerpo fue enterrado en el cementerio de la segunda población fronteriza, puede que con más efusiones de las que demandaba en su letrilla testamentaria (1975).

Mientras tanto, entendida la palabra como herramienta insustituible de su aventura vital, configurada ésta en pos de la libertad y con ansias de hacer literatura, más de acuerdo con el nombre de escritor y miembro de la generación de la República o del 31 que con el de la que todos conocemos como Generación del 27, consigue quizás a medias que se reconozca esta labor en el ámbito de las letras y del pensamiento al ser proclamado finalista del premio Cervantes en tiempos madrileños no muy favorables a su figura y al concedérsele otros galardones literarios y de carácter humanístico de parecida relevancia. No sería por lo tanto muy extraño pedir que acaso haya llegado la hora de que, más allá de otras vicisitudes o episodios destacados casi siempre de forma sistemática -el de su último año en Euskadi es el favorito-, una vez catalogada y reunida su obra, los lectores puedan tener al final la oportunidad de reconocerla y admirarla.


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