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Semana Grande 2010

Semana Grande 2010

Semana Grande 2010. 'N2Break' bailan para los transeúntes del Boulevard.

[Foto: Nagore Iraola]

Artistas en Semana Grande

Josune Murgoitio - 21/08/2010
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Ocupan con sus espectáculos calles y paseos. Y atraen al público, en ocasiones mucho público. Piden la voluntad después de la actuación, intentando que el personal no se haga el sueco.

El Boulevard se convierte en Semana Grande en el escenario de los artistas callejeros

En Semana Grande existe un programa complementario al que propone el Ayuntamiento de San Sebastián: espontáneo, multicultural, divertido, especial, abierto a todos y, en muchos de los casos, a la voluntad. Recorrer la alameda del Boulevard supone embarcarse en una travesía artística, en la que el paseante se detiene ante lo que cada uno de los virtuosos ofrece, desde la venta de piezas artesanas hasta espectáculos de títeres o actuaciones musicales en directo.

Los artistas entretienen y hacen disfrutar a los ciudadanos, lo que implica recrearse a diario y luchar por sobrevivir para lo que han nacido: el arte. Todos ellos forman un submundo inadvertido de historias personales o grupales y se rigen por un código interno de vecindad artística que, en ocasiones, es tormentosa.

Del break a la txalaparta

N2 break’ es un grupo de break dance que proviene de Venezuela. Seis chicos de entre 20 y 30 años –Julián, Sony, Yeckson, Abraham, Leonardo y Álvaro– que desde hace un mes centran la atención de todos los paseantes del Boulevard. Apenas están montando el equipo y su público aguarda ya el espectáculo callejero. Es una mezcla de coreografías en la que, a través de una música palpitante, desfiguran sus cuerpos hasta límites extremos y marcan todo tipo de pasos y volteretas. Les ayuda su equipo de música, un micrófono para gastar bromas, la simpatía que derrochan y su ubicación frente a la Bretxa.

Julián afirma que se dedican exclusivamente a este estilo musical. Durante todo el año permanecen en Venezuela, pero en verano se trasladan a Europa para participar en competiciones y echarse a la calle. «Hemos estado en Barcelona, pero allí el Ayuntamiento pone muchas pegas y es muy difícil ganarse la vida», indica el bailarín, «así que solicitamos el permiso aquí y bailamos tranquilos». Es la segunda vez que vienen a San Sebastián, donde ya eran conocidos por los transeúntes antes de empezar la Semana Grande.

Julián reconoce que «el break es un mundo muy grande» y define su grupo como uno «de competiciones, y no de shows callejeros». Bailan durante horas, incluso han llegado a actuar en Semana Grande de doce del mediodía a doce de la noche. Para llegar a tener semejante resistencia, en Venezuela trabajan una media de seis o siete horas diarias, un esfuerzo que les produce lesiones en las muñecas, los hombros y los meniscos. «Deberíamos parar –admite el artista–, pero no solemos hacerlo, es nuestro trabajo, así nos ganamos la vida». Su trabajo implica tener «un público fijo de chicas. Siempre se acercan para ver si quedamos con ellas. Muchas veces nos esperan incluso en la puerta de la pensión». Un público que podría definirse como ‘grupis’ y que disfruta más que aporta dinero. «Este año se nota en la gorra que la gente echa menos», destaca Julián.

Respecto a la relación que tienen con los demás artistas, el breaker admite que «con los que nos respetan nos llevamos muy bien, con los demás discutimos». Explica que para adjudicarse el sitio existe un código interno que se rige por el sentido común y el respeto mutuo. «Algunos se ponen al lado con la música y nos molestan–indica–, pero este es nuestro sitio y no vamos a movernos».

Del break dance a la txalaparta. Beñat Iturriotz y Felipe Ugarte, de 29 y 33 años respectivamente, forman un dúo que desde hace diez años se dedica a tocar este instrumento tradicional vasco. Han acudido un día a Semana Grande porque, según indica Ugarte «tocar en la calle es más estresante. Hay más artistas y eso supone repartirse el dinero del público entre todos». Combinan la calle con grabaciones, bodas y bandas sonoras de películas.

Y de la música a la artesanía. Collares, pendientes y brazaletes. César Cervantes, de 30 años, proviene de Perú y se sitúa en un punto intermedio de la alameda. Se dedica «desde siempre» a este oficio y combina ser ambulante con la venta fija de sus productos en algunas tiendas. «He venido a Semana Grande porque me dijeron que la fiesta está bien. Hay mucha diversión, pero así no se puede trabajar», dice Cervantes.

El artesano se muestra continuamente atento a la policía. No tiene permiso del Ayuntamiento, y afirma que no le dejan trabajar, «es un poco raro porque algunos me llaman la atención y otros no. Me pusieron una multa de 180 euros y además tuve que pagar el depósito». Añade que «en estas fiestas tendrían que ser más sensibles, los artistas no deberían ser tratados así». Cervantes dice que «no vendo mucho, por la intranquilidad y por la crisis. Me han dicho que en años anteriores la gente consumía más».

Cimbalom y contrabajo

El siguiente punto en el que el paseante puede detenerse es frente a tres músicos que tocan el cimbalom –instrumento rumano que se aproxima a un xilofón– y el contrabajo. Stephan Feraru, su hijo Marco y Nicolás Dinu se sitúan a unos pasos de César Cervantes, aunque su sitio no es fijo. «A veces nos cambiamos, depende de cómo se coloquen los demás artistas», indica Nicolás.

«Los aplausos del público son lo que más vale», afirma el músico, que se encuentra de gira en España para un mes, y añade que «hace ocho años que venimos, es como mi segundo país».

Combinan los conciertos en salas cerradas con la calle y reconoce que «la vida de un músico es muy dura. En Rumanía el sueldo es más bajo y en verano salimos para ganar algo de dinero». Un dinero que, en cualquier caso, apenas les da «para pagar el hostal, la comida y mandar algo a la familia».

En las proximidades del kiosco del Boulevard se encuentra Potxolo, un payaso que con su indumentaria y su maquillaje vende globos con formas de animales a los niños. «Los vendo a la voluntad– afirma– y gano aproximadamente 20 euros al día. Algunos me dan mucho, otros menos y otros nada». Suele permanecer en su ‘puesto de trabajo’ un promedio de dos o tres horas, «por el calor, el maquillaje y el cansancio» y dice que «la crisis se nota». Él también habla de la relación con los demás artistas, «Micky suele ponerse delante mío y eso molesta a mi negocio». Potxolo explica que «nos adjudicamos el sitio por lógica. Si yo estoy en un sitio, colócate más allá».

El paseante tendrá que dirigirse a la Plaza de Gipuzkoa para poder disfrutar de un espectáculo de títeres y marionetas. Rafael Brozzi se sitúa en la calle Elkano para «evitar problemas» y se dedica a este arte desde hace 16 años. «Si llevo tanto tiempo en esto es porque se gana dinero» reconoce y, aunque no concreta la cantidad, apunta que pueden ser «más de 100 euros al día». Tampoco tiene permiso y afirma que «es complicado trabajar por la policía. Todos los gobiernos quieren erradicar a los artistas callejeros».

Describe el mundo del teatro callejero como «mágico» y mientras habla, con el escenario ya preparado, se coloca un micrófono. Con respecto a San Sebastián, Brozzi afirma que «es la primera vez que vengo, la gente es muy maja y culta». «Lo que más me gusta es la calle, sacas a la gente de lo cotidiano», indica, «a veces, incluso, me escriben notas y me dan las gracias por haberles ayudado a escapar de la rutina y haber podido relajarse. Me gusta la intervención urbana», admite el titiritero.

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