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Tequilaactuó en concierto en la Semana Grande de Donostia. La actuación fue en Sagües el domingo, 9 de agosto y con asistencia gratuita.
Dicen que más sabe el diablo por viejo que por diablo. Lo que queda de Tequila, por ambas cosas. Las razonables reticencias que se podían albergar cuando los supervivientes del combo hispanoargentino anunciaron la resurrección del grupo que marcó el rock hispano a comienzos de los ochenta se han disipado un año después de su vuelta a los escenarios a base de los de siempre: rodar y rodar. Porque el grupo está hoy a un nivel sónico y de ejecución muy por encima de cuando arrancaron hace un año, donde sonaron más funcionales y eso que se conoce como profesionalidad.
Lo de ahora despega porque ha vuelto lo que el rock requiere: duende, magia, swing, el componente primario que catapulta el sentimiento. Como un cañón sonaron. Pocos directos en lo suyo pueden presumir de estar a su altura. Otra cosa es que, con la que está cayendo, tengan que andar por ahí, de evento a festejo, que lo mismo tocan en la Formula 1 que en la fiesta del Athletic de la final de Copa.
Pero lejos está Tequila de hacer una verbena para nostálgicos. Lo suyo dista mucho de ser un socorrido ejercicio de nostalgia pasiva. Al contrario. Van a degüello de una manera encomiable, han trabajado la contundencia y una fluidez sonora rocosa notable fruto de la serenidad, distribuyendo el repertorio de forma inteligente y con sentido: abren con los rocanroles de letras más asociadas a la adolescencia (Matrícula de Honor, Me voy de casa), recordándolas pero deteniéndose en ellas lo justo, en coherencia con los 50 tacos y la calva que lucen, demostrando que, con todo, son canciones que quedan y transcienden por encima de lo coyuntural. Luego aquello empieza a crecer.
En medio picotean en géneros negros, paralelos al rock: el reggae (El barco), el funky disco (Quiero Besarte), (blues al final en Rock en la plaza del pueblo) para regresar al rock stoniano con temas de repertorio que han crecido y mejorado con los años: un colosal Ring Ring, El rock del ascensor, Sábado en la noche, o el pasmosamente vigente Las Cosas que pasan hoy. Para el tramo final, los singles inmortales marca de la casa, clásicos absolutos del rock en castellano: Que el tiempo no te cambie, Díme que me quieres, Me vuelvo Loco, Necesito un Trago o Salta. Palabras mayores y temas que atacan con descaro, autoestima y seguridad.
Los músicos que escoltan al tándem Ariel-Alejo no desmerecen en absoluto las ausencias. Aportan y arropan, por encima de su labor mercenaria siempre tan ingrata. Alejo se mantiene con solvencia, que no es poco, piropea al personal y lanza ocurrencias, unas más logradas que otras. Está más participativo que hace un año, lo que es de agradecer. Mención aparte para Ariel Rot. Casi con seguridad, el mejor guitarrista de rock'n'roll del circuito hispanohablante. Un soberano recital el suyo, una exhibición de talento, maneras, garra y técnica con la soltura y la elegancia que le caracterizan. Un lujo.