
El convento de San José (Zumaia), habitado hasta hace pocos meses por monjas carmelitas, ha abierto sus puertas al público por primera vez tras cuatro siglos de existencia. La oficina de turismo ofrece varias visitas guiadas.
Ante el éxito de las visitas programadas el pasado fin de semana, la oficina de turismo ha extendido la iniciativa al puente del 1 de mayo. Así, el jueves se realizarán cuatro visitas únicamente por la mañana, a las 10.00, 11.00, 12.00 y 13.00 horas, y el domingo 4 de mayo tanto por la mañana como por la tarde, a las 11.00, 12.00, 13.00, 17.00, 18.00 y 19.00 horas.
Las visitas tendrán una duración de 55 minutos y en cada una de ellas podrá tomar parte un grupo de 15 personas. Desde la oficina de turismo se recomienda realizar las reservas con antelación en la misma oficina de turismo (943143396) en horario de oficina. Aquellos que no realicen las reservas podrán acercarse el convento y, caso de existir plazas libres, tomar parte la visita.
Los pasos resonaban en los largos y anchos corredores. Pasadizos que se entrecruzan, formando un pequeño laberinto por cuyos recodos es fácil perderse. Son los pasillos del convento de San José, recorridos durante años por las monjas carmelitas y cuyo silencio fue roto el pasado fin de semana por los ciudadanos participantes en las visitas guiadas. Una iniciativa cuyo éxito ha sido innegable y que tendrá continuación este fin de semana.
Tal como recordaba Javier Carballo en el texto elaborado para el programa de las fiestas de San Telmo, el convento de San José de las carmelitas descalzas de Zumaia fue el primer monasterio de la Orden del Carmelo que se instituyó en la provincia de Gipuzkoa. Su fundación tuvo lugar el 12 de diciembre del año 1614, gracias a la devoción y perseverancia de la zumaiarra Francisca de Labayen y Hernández de la Torre. Tras casi 400 años entre nosotros, las monjas que habitaban el convento abandonaron el recinto hará un par de meses para ir a residir a la comunidad de Hondarribia, pasando el edificio a manos municipales.
Ante el interés que suscitaba el tema, el Ayuntamiento de Zumaia, a través de la oficina de turismo, programó una serie de visitas guiadas para dar a conocer los secretos de un convento cerrado al público durante largos siglos. Según la técnico de turismo Esti Irureta, el objetivo de esta iniciativa era dar a conocer este edificio a la mayor cantidad posible de personas. «Ojalá en un futuro se organicen visitas más largas y con más contenidos».
Violeta Bandrés, de la empresa Begi Bistan, se ha encargado de guiar al grupo de personas por este laberinto de pasillos, corredores y escaleras: «En algunos casos he tenido que llamar la atención y pedirles que me siguieran, dado que es muy fácil perderse por el convento».
La guía cifra en un par de centenares las personas que han tomado parte en las visitas. «Y los que se han quedado fuera...», comenta. «Cada una de las visitas se ha llenado con bastante tiempo de antelación y estoy segura de que caso de organizar más las plazas se hubieran agotado». Han sido los propios zumaiarras quienes han copado en su gran mayoría las plazas en las visitas: «El convento es un edificio que siempre ha estado ahí, pero existía una especie de frontera, como un muro imposible de sortear. Ahora que se han ido las monjas se ha despertado la curiosidad entre los habitantes». Ciudadanos que se han mostrado sorprendidos por lo que se encuentran en su interior. «En general los zumaiarras desconocen lo que hay intramuros y cuando ven la disposición interior del convento se muestran extrañados».
La visita parte desde una habitación separada por una reja de hierro, donde las hermanas recibían a las visitas y se relacionaban con el mundo exterior. De allí se asciende a los pisos superiores donde se pueden contemplar los lavaderos -«Goiko alberkaren antza du!», comentaba una mujer-, la cocina o el comedor. «Incluso ahí, donde coincidían tres veces al día, tenían que mantener el silencio. Era una orden que seguían a rajatabla».
Recorriendo los pasillos, celdas y habitaciones, las miradas se dirigen a puertas, armarios y arcones. Quien más, quien menos, todo el mundo abre puertas y cajones con el propósito de indagar en un mundo desconocido y de esa manera saciar su curiosidad. «Es natural que muestren esta curiosidad, ya que durante siglos ha estado cerrado al público. Era como un mundo aparte», señala Bandrés.
Tras examinar las treintena de celdas, el huerto y las salas de música y reuniones, el visitante asciende al lugar, probablemente más claustrofóbico de todo el convento de San José: el noviciado. Ese era el lugar donde residían las jóvenes antes de convertirse en monjas carmelitas. A diferencia del resto del convento, con sus anchos pasillos y salas de techos altos, el noviciado, ubicado bajo el tejado, sorprende por sus pequeñas celdas y estrechos corredores. «Es el lugar de todo el convento que más me ha impresionado», confiesa Violeta Bandrés.
La propia guía se muestra maravillada por el edificio del convento: «No tengo ninguna duda, es una joya del patrimonio. Es un trozo muy importante de la historia de Zumaia y ahora existe la oportunidad de visitarlo y de conocerlo».
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